jueves, octubre 12, 2006

Atesorar el tiempo

Aquellos que por alguna razón tuvieron la desgracia de terminar atrapados en el Holandés errante, el barco capitaneado por el terrible Davy Jones, debían elegir entre perecer de inmediato o convertirse en tripulantes-esclavos por cien años, mientras se transformaban lentamente en criaturas marinas que dedicaban su tiempo de ocio a apostar en un juego de dados la única posesión que tenían: El Tiempo, es decir el tiempo que les quedaba de esclavitud en el barco.

La aparente seguridad en la que permanecemos sumergidos nos hace creer que tenemos dinero, bienes, lujos y seres queridos, tanto como para confiar en ellos y hacer planes a largo plazo; pero de nada sirve tener posesiones si no contamos con el tiempo para disfrutarlas. Tener algo y no disfrutarlo es sólo atesorarlo. La experiencia nos enseña que de acuerdo a la forma como está constituído este universo, todo aquello que podemos tener se puede evaporar en cualquier momento; claro, también está la fe para esperar que no sea así, pero viéndolo objetivamente, no tenemos nada excepto lo que somos y el tiempo para disfrutarlo: un ser que se deteriora y un tiempo limitado.


Por eso es tan importante el presente, por eso es que la frase "vive intensamente" se pronuncia tanto; por que cada segundo que ocurre sin que nos demos cuenta es único e irrepetible. Cada instante de ira o de tristeza, cada tarde desperdiciada frente a un televisor sin que en nosotros surja la reflexión, cada vez que dejamos de ser conscientes de nuestra vida, es un trozo de existencia que se extingue. Por todo lo anterior, les invito a desarrollar una tarea: maximicemos los segundos de sentimientos positivos y minimicemos los de sentimientos negativos, tratemos de disfrutar el tiempo y no limitarnos simplemente a dejar que el universo fluya a nuestro alrededor. Seguro que lo vale.

jueves, octubre 05, 2006

Jóvenes extranjeros

La curiosidad me arrastraba desde hace unos días a volver a leer El extranjero, en parte por que releer un buen libro o repetir una película es como visitar viejos amigos que curiosamente envejecen tanto como uno, y también por que probablemente y de forma inconsciente el nombre de este blog se deba a dicho libro.

Aunque muy a mi pesar grandes partes de mi ser sienten como Mersault, en él identifiqué a todos aquellos adolescentes que viven con un sentimiento generalizado de desesperanza. Sin embargo, a pesar de comprender y aceptar la muerte como algo natural e inevitable, Mersault no desea morir, no por temor, si no por amor a la vida, pese a que su vida transcurra sin mayores significancias. En cambio se evidencia una tenue necesidad de autodestrucción en muchos jóvenes, sin importar nacionalidad, estrato social o cultural; no tienen la sensatez de Mersault, pero creen tenerla y pretenden ser demasido listos como para creer en lo que no conocen, lo cual es la enfermedad de occidente.

Mersault termina atrapado en el engranaje del sistema, al igual que todos nosotros, convirtiéndose en un símbolo de occidente y resultado del postmodernismo, pero con la sencillez de quien no se ha contaminado aún por el consumismo de nuestra civilización, aún cuando tiene la vista obtusa del pensamiento científico. Mientras tanto los medios arman maratones para adherirnos a los mismos engranajes, juzgando nuestra indiferencia, pero afianzándola, por que de ella depende su supervivencia.