jueves, octubre 05, 2006

Jóvenes extranjeros

La curiosidad me arrastraba desde hace unos días a volver a leer El extranjero, en parte por que releer un buen libro o repetir una película es como visitar viejos amigos que curiosamente envejecen tanto como uno, y también por que probablemente y de forma inconsciente el nombre de este blog se deba a dicho libro.

Aunque muy a mi pesar grandes partes de mi ser sienten como Mersault, en él identifiqué a todos aquellos adolescentes que viven con un sentimiento generalizado de desesperanza. Sin embargo, a pesar de comprender y aceptar la muerte como algo natural e inevitable, Mersault no desea morir, no por temor, si no por amor a la vida, pese a que su vida transcurra sin mayores significancias. En cambio se evidencia una tenue necesidad de autodestrucción en muchos jóvenes, sin importar nacionalidad, estrato social o cultural; no tienen la sensatez de Mersault, pero creen tenerla y pretenden ser demasido listos como para creer en lo que no conocen, lo cual es la enfermedad de occidente.

Mersault termina atrapado en el engranaje del sistema, al igual que todos nosotros, convirtiéndose en un símbolo de occidente y resultado del postmodernismo, pero con la sencillez de quien no se ha contaminado aún por el consumismo de nuestra civilización, aún cuando tiene la vista obtusa del pensamiento científico. Mientras tanto los medios arman maratones para adherirnos a los mismos engranajes, juzgando nuestra indiferencia, pero afianzándola, por que de ella depende su supervivencia.

miércoles, septiembre 13, 2006

La venganza del pollo

Despierto de madrugada entre el frío y la llovizna de la calle, debido a una sensación que no logro percibir. Enciendo las luces y casi escucho los pasos del sueño que huye raudo de la luz, dejandome insomne ante la noche madura, y es en ese instante cuando recuerdo el pollo broaster que compartímos la noche anterior en la casa de un amigo, el sabor del pollo, y un artículo reciente sobre el trato que le dan a los animales de consumo, el sufrimiento en su cautiverio, y mi compromiso de tratar de evitar el consumo de animales a menos que mi cuerpo me ruegue por proteína animal.

Casi añoro vivir en los tiempos en los que cada quien se procuraba su propio alimento, en los que se era nómada recolector y se vivía para el ocio y la contemplación de la vida. Tiempos quizá anteriores al descubrimiento del fuego que permitió cocinar la carne para hacerla más blanda, mejorar su sabor y convertirla parte de la dieta que nos transformó en la especie actual. Ahora no somos nómadas, somos tan sedentarios, que nisiquiera somos capaces de cazar nuestro propio alimento o recoger nuestras propias semillas; basta con hacer una llamada para que los alimentos lleguen a nuestro asiento sin necesidad de movernos. Somos los autores intelectuales de una masacre sin precedentes, de la cual casi nadie es consciente, aún teniendo la información. Tristemente para mejorar nuestra calidad de vida hemos de destrozar las de cientos de seres, y lo peor es que muchas personas nisiquiera alcanzan la felicidad en su diario vivir para hacer que la masacre valga la pena.

Alguna vez nos preguntamos ¿cuántos pollos commemos a lo largo de la vida, cuántas vacas, cuantos peces, cuántos cerdos? ¿Cuántas vidas se requieren para que un humano viva, y qué significado le damos a la nuestra? ¿Acaso es más digna que aquellas vidas que arrebatamos para subsistir, más feliz, o más libre de lo que hubiesen sido si tuvieran nuestra libertad? Quizá haciéndonos estas preguntas regularmente reconozcamos la inmensa responsabilidad de lo que significa comer carne, o optar como yo en reducir su consumo. El pollo ha cumplido su cometido.

jueves, septiembre 07, 2006

Receso

Tras más de seis meses de publicación semanal continua, finalmente varios sucesos se acumularon hasta limitar el tiempo de ocio a las horas de sueño, obligándome a dejar descansar esta bitácora por más de una semana. Es posible que mis visitantes habituales no hayan notado mi “corta” ausencia, pero yo si que lo he hecho; todos los días surgen nuevas ideas que me gustaría compartir, pero el filtro riguroso del tiempo me obliga a priorizarlas, atiborrándolas en mi inmensa lista de cosas por hacer, lo que me comprometería a vivir muchas decenas de años si no fuera por que finalmente descubrí que es más importante sentir que hacer. Sin embargo y a pesar de mi hedonismo, tengo corazón de ingeniero, casi que por encima del de artista, de forma tal que tengo la necesidad de construir para ser feliz; lo que incluye, la construcción de puentes con palabras que permitan acortar las distancias entre nuestras individualidades.

Muchas ideas seguro se quedarán sin compartir; otras en cambio ya habrán hastiado a aquellos con quienes comparto mis historias. Por lo pronto seguiré con mi compromiso de mejorar mis habilidades, de buscar la libertad al expresarme, de generar conciencia o de afianzarla, de mostrar mi repudio hacia la insensatez de occidente y de entregar honesta y gustosamente algo de mí a quien el azar traiga a esta playa. Sólo eso es cuanto pretendo.

viernes, agosto 25, 2006

Sobre las reglas

Entre los casetes y DVDs que dormitan en mi diminuta videoteca se encuentran dos de mis películas favoritas, cuyos títulos son similares pero distantes: Una vida sin reglas y Las reglas de la vida. Dichos títulos (y de hecho las películas) recuerdan que en muchos aspectos vivimos en una maratónica carrera hacia ninguna parte, pero con un miedo constante a no quedar rezagados, a no ser excluidos, a no ser aceptados aún cuando desconozcamos la razón por la cual estamos corriendo. Al parecer muchos conciben la vida con un único fin: Obedecer.

Estamos condenados a seguir los lineamientos que han definido las instituciones, la cultura, la religión, la familia, etc. Pero ¿hasta que punto cuestionamos las reglas que nos rigen? ¿Que pasa cuando los principios que han de garantizar nuestra libertad la cohíben? ¿Cuánto necesitamos de la sociedad, incluso del estado, y cuanto les damos nosotros para que se mantengan? Son sólo preguntas al aire que cada quien responderá en sus adentros. Me limito a decir que no es que obedecer nos haga felices, lo que ocurre es que no obedecer nos hace infelices; y si bien es necesario definir normas de convivencia para construír una comunidad, dichas normas deben sentar sus bases en al menos dos principios: Deben estar bien fundamentadas y deben garantizar la equidad. Quien sigue las reglas sin comprenderlas, es un esclavo del sistema.

sábado, agosto 19, 2006

El día después de la gripe

Mientras mi cuerpo se encarniza en la lucha silenciosa, y los leucocitos devoran el mal, pienso en el día después de la victoria, cuando el aire invadido de olores penetrará en mis pulmones sin obstáculos, mi sueño volverá a ser continuo y pesado, y al abrir la puerta de m casa en la mañana una explosión de destellos de luz iluminará mis retinas.
Aunque siempre agradezcamos por la salud, solo en la enfermedad recordamos lo significa no tenerla.

martes, agosto 08, 2006

La maldición de la memoria

Cada don viene acompañado de su lado negativo, quizá como complemento para equilibrar la ecuación de la vida, o bien para que el camino a la prefección no sea tan fácil. Por mi parte, pese tengo una débil memoria a corto plazo, su contraparte a largo plazo me sirve bien, pero también acarrea inconvenientes como:
  • No poder olvidar los sueños, planes o proyectos, aún cuanto tampoco los haya logrado realizar.
  • Ser el único que recuerda los secretos de los demás, aunque ellos los hayan olvidado.
  • Vivir en un presente permanente, pues el pasado siempre es reciente.
  • Mirar con nostalgia todos los instantes pasados como si hubiesen sido ayer.
  • No tener oportunidad de repetir errores.
  • Vivir en la soledad de recordar lo que ya nadie recuerda.
  • Ver crecer, mutar o enjevecer a todos los seres queridos, cuando nosostros seguimos siendo los mismos.
  • Tener presente la bitácora de vivencias compartidas con cada persona.
Ahora proyectemos estos inconvenientes por diez o quince años. ¿Acaso ello no justificaría mi excentricidad?. Si alguien sufre los mismos síntomas favor hacermelo saber; quizá logremos iniciar un club.

viernes, agosto 04, 2006

Sobre los riesgos del pasado

Cuando tenía 15 años conocí en una excursión a la mujer más bella que había visto hasta ese momento. Sus cabellos estaban formados de rizos dorados y sus ojos eran oscuros, le gustaban las excursiones y la naturaleza, y tenía una sonrisa encantadora que logró conquistarme con sus escasos catorce años. Ella representaba el ideal de lo que en aquella época era para mí una mujer, y quizá hubiésemos podido concretar algo, de no ser por tres inconvenientes: Ella desconocía lo que me inspiraba, sólo la vi dos veces y, yo ignoraba todo de ella excepto el barrio donde vivía, su nombre y el de su hermano. Confiado en el destino, aguardé por un tiempo su retorno a las reuniones de la defensa civil, pero no volvió; tampoco yo conocía lo suficiente a los que me pudiesen dar información sobre ella; así es que tratando de ayudar al azar, opté por la única alternativa viable que se me ocurría para encontrarla: Caminar cada atardecer que pudiera por las calles del barrio que ella habitaba, con la esperanza que la casualidad cruzara nuestros caminos.Pasaron los atardeceres de más de tres años y varias personas por mi vida, pero ella no apareció entre ellas; tuve que compartir mis primeras decepciones amorosas con el recuerdo triste del fantasma de una mujer que desconocía mi existencia. Del enamoramiento inicial había pasado a la idealización absoluta. Ya no recordaba su rostro, sus cabellos dorados, sus ojos y su sonrisa, y aún sabiendo que no existía, continué escribiendole un tiempo más, hasta una tarde melancólica en la que decidí no escribir más cartas, le agradecí por la persona en que me había ayudado a convertir y me despedí para siempre.

Aún hoy imagino como será ella, con una probable familia y con hijos; pero si las cosas hubiesen ocurrido de otra forma, no viviría el presente feliz que presencio, ni hubiese aprendido lecciones, como la paciencia, o el tratar de ser mejor para merecer a quien se quiere; mucho menos la lección más dura de aprender: No debemos contar con que habrá otra oportunidad. Quizá haya varias realidades paralelas, pero sólo somos conscientes de este presente, si de verdad queremos algo, hay que arriesgarnos ahora, de lo contrario, quizá nunca sabremos si lo hubiesemos conseguido.