sábado, agosto 19, 2006

El día después de la gripe

Mientras mi cuerpo se encarniza en la lucha silenciosa, y los leucocitos devoran el mal, pienso en el día después de la victoria, cuando el aire invadido de olores penetrará en mis pulmones sin obstáculos, mi sueño volverá a ser continuo y pesado, y al abrir la puerta de m casa en la mañana una explosión de destellos de luz iluminará mis retinas.
Aunque siempre agradezcamos por la salud, solo en la enfermedad recordamos lo significa no tenerla.

martes, agosto 08, 2006

La maldición de la memoria

Cada don viene acompañado de su lado negativo, quizá como complemento para equilibrar la ecuación de la vida, o bien para que el camino a la prefección no sea tan fácil. Por mi parte, pese tengo una débil memoria a corto plazo, su contraparte a largo plazo me sirve bien, pero también acarrea inconvenientes como:
  • No poder olvidar los sueños, planes o proyectos, aún cuanto tampoco los haya logrado realizar.
  • Ser el único que recuerda los secretos de los demás, aunque ellos los hayan olvidado.
  • Vivir en un presente permanente, pues el pasado siempre es reciente.
  • Mirar con nostalgia todos los instantes pasados como si hubiesen sido ayer.
  • No tener oportunidad de repetir errores.
  • Vivir en la soledad de recordar lo que ya nadie recuerda.
  • Ver crecer, mutar o enjevecer a todos los seres queridos, cuando nosostros seguimos siendo los mismos.
  • Tener presente la bitácora de vivencias compartidas con cada persona.
Ahora proyectemos estos inconvenientes por diez o quince años. ¿Acaso ello no justificaría mi excentricidad?. Si alguien sufre los mismos síntomas favor hacermelo saber; quizá logremos iniciar un club.

viernes, agosto 04, 2006

Sobre los riesgos del pasado

Cuando tenía 15 años conocí en una excursión a la mujer más bella que había visto hasta ese momento. Sus cabellos estaban formados de rizos dorados y sus ojos eran oscuros, le gustaban las excursiones y la naturaleza, y tenía una sonrisa encantadora que logró conquistarme con sus escasos catorce años. Ella representaba el ideal de lo que en aquella época era para mí una mujer, y quizá hubiésemos podido concretar algo, de no ser por tres inconvenientes: Ella desconocía lo que me inspiraba, sólo la vi dos veces y, yo ignoraba todo de ella excepto el barrio donde vivía, su nombre y el de su hermano. Confiado en el destino, aguardé por un tiempo su retorno a las reuniones de la defensa civil, pero no volvió; tampoco yo conocía lo suficiente a los que me pudiesen dar información sobre ella; así es que tratando de ayudar al azar, opté por la única alternativa viable que se me ocurría para encontrarla: Caminar cada atardecer que pudiera por las calles del barrio que ella habitaba, con la esperanza que la casualidad cruzara nuestros caminos.Pasaron los atardeceres de más de tres años y varias personas por mi vida, pero ella no apareció entre ellas; tuve que compartir mis primeras decepciones amorosas con el recuerdo triste del fantasma de una mujer que desconocía mi existencia. Del enamoramiento inicial había pasado a la idealización absoluta. Ya no recordaba su rostro, sus cabellos dorados, sus ojos y su sonrisa, y aún sabiendo que no existía, continué escribiendole un tiempo más, hasta una tarde melancólica en la que decidí no escribir más cartas, le agradecí por la persona en que me había ayudado a convertir y me despedí para siempre.

Aún hoy imagino como será ella, con una probable familia y con hijos; pero si las cosas hubiesen ocurrido de otra forma, no viviría el presente feliz que presencio, ni hubiese aprendido lecciones, como la paciencia, o el tratar de ser mejor para merecer a quien se quiere; mucho menos la lección más dura de aprender: No debemos contar con que habrá otra oportunidad. Quizá haya varias realidades paralelas, pero sólo somos conscientes de este presente, si de verdad queremos algo, hay que arriesgarnos ahora, de lo contrario, quizá nunca sabremos si lo hubiesemos conseguido.

jueves, julio 27, 2006

Sobre la búsqueda de culpables

Tras salir el trabajo, por el camino de pasto bañado por la lluvia matutina, árboles refrescados y olor a tierra húmeda que sigo para tomar el autobús que me conduce a mi casa, vino a mi memoria un suceso acontecido hace unos meses en el mismo trayecto: Tomé el autobús y desde el momento en que lo abordé percibí un olor a excremento humano que mi sensible olfato no pudo evitar reconocer; cuando avancé hacia la parte trasera del vehículo y me senté junto a una chica, noté que el olor era ahora más intenso, pero disimulé la incomodidad durante todo el trayecto, como solemos hacer en casos similares, y traté de evitar hacer suposiciones sobre cuál de todos los pasajeros era el origen del olor. Al bajar del vehículo, por curiosidad miré debajo de mi zapato para confirmar mi inocencia, y me encontré son una inmensa sorpresa olorosa que me hizo sonrojar cuando pensé en los pasajeros del bus que se alejaba.

Quizá se deba a nuestro egoísmo innato, pero situaciones similares pasan muchas veces al día, y es tan común culpar a los demás por las cosas que nos afectan negativamente, que muchas veces nos acostumbramos a no responsabilizarnos por nuestras faltas. Ocurre, por ejemplo, cuando culpamos a nuestra competencia de la reducción en ventas, debida en realidad a que no hemos hecho nada por mejorar el servicio; cuando culpamos a un mal docente de no habernos enseñado, pese a que era nuestra responsabilidad aprender por los medios que fuesen necesarios; cuando la policía nos infracciona justamente; incluso, cuando chocamos o tropezamos y pensamos que no hubiese sucedido de no haber cedido el paso a a alguien mas momentos antes. Desde que descubrí esa tendencia he tratado de pensar primero en mi responsabilidad antes de culpar a alguien más, sin embargo, en ocasiones estoy tan seguro de mí, que ni siquiera otorgo el beneficio de la duda a la inocencia de los demás, lo que me parece, si me perdonan la expresión, una cagada.

jueves, julio 20, 2006

Grito de independencia

A lo largo de la historia humana, mares de sangre se han derramado en tierras conquistadas, y posteriormente en tierras liberadas. Pueblos enteros se han exterminado, refundado y vueltos a exterminar. La lanza, la espada, el fusil y la bomba han sido los mecanismos para adquirir y recuperar, para imponer, defender y hacer respetar la vida, la tierra, la cultura, la ideología y la dignidad.

Es curioso que aún no aprendamos de los errores del pasado, y continuamente nos veamos inmersos en luchas sin sentido. En la defensa sus propios intereses muchas culturas pisotean a otras, como si el valor de una persona dependiera de la ubicación geográfica de sus nacimiento. Como si la acumulación de riqueza fuera el objetivo de estar vivo, y como si hubiésemos sido concebidos con el único fin de atesorar; atesorar dinero, tierras, electrodomésticos, autos, muebles, lujos, problemas, estrés...

Hoy recuerdo el grito de independencia de un país que cree ser libre cuando busca ser esclavo; de muchos países que creyendo ser los pilares de la libertad encarcelan a sus ciudadanos en un mundo irreal que los hace esclavos de su cultura, vendiéndoles una idea falsa de lo que es la felicidad. Hoy recuerdo a todos aquellos que se han mantenido libres pese a ser estigmatizados y no se han vendido a culturas más poderosas a pesar de la pluma y la espada. A todos ellos, aunque sus tierras hayan disminuido o desaparecido, aunque sigan siendo tratados como inferiores por la ignorancia de la civilización, aunque sigan siendo masacrados, aunque algunos de sus hijos ansíen occidentalizarse, y aunque casi no tengan fuerzas para resistir su extinción cultural, a todos ellos Feliz Independencia.

viernes, julio 14, 2006

martes, julio 11, 2006

La soledad del Saiyajin

En la contraportada del libro estaba plasmada la frase que aún no olvido del todo: "... un grito de angustia y advertencia a todos los seres que, desconociendo el origen de sus más intimas motivaciones, se ven inmersos en sus propias atrocidades." Palabras increíblemente adecuadas para un libro como el de Hesse, para una historia como la de Harry Haller, o para los que la hemos compartido como compañeros de viaje cuando descubrimos nuestro nexo oculto con él desde la infancia. Acaso todos hemos sentido la soledad al buscar la excelencia en uno o varios aspectos que nadie más entiende, de sentirnos únicos en el universo, sin la posibilidad de redención por no encontrar a alguien más de nuestra especie. La civilización nos ha aislado y estamos más solos que nunca, los adolescentes viven en una soledad desesperada y deprimente ante la incertidumbre de un mundo que no para de girar, sin embargo esa soledad transitoria se desvanecerá muy a su pesar cuando la cultura los absorva y se conviertan en otro ladrillo en el muro; si eso no ocurre, posiblemente llegue la soledad aún mayor de ser un individuo consciente.

Y aquella soledad ha de ser aún más inmensa en aquellos que tienen habilidades muy superiores a las de los demás, a los genios como Dalí, o Leonardo, cuando veían cosas aún inconcebibles para un habitante externo a sus mentes, o para Fourier, cuando expuso ante el público sus geniales series, o para la pequeña montaña de humanos sobre cuyas ideas se gestado la civilización.

«De vez en cuando, cuando estabas sólo, hubiera o no gente a tu alrededor, ¿no te sentías tan triste que hubieras podido llorar como si fueras el único de tu especie en el mundo?..¿nunca sentiste que echabas de menos a alguien a quien nunca habías conocido?"»

La soledad es también el resultado de la incomprensión de aquellos que queremos, y también, en mayor grado, de aquellos que nos quieren, pero también lo es del miedo a herir o ser heridos. Los lazos del cariño hieren nuestra libertad al no poder abrir nuestras alas para expresarnos sin ser juzgados. La única cura conocida para dicha soledad es el Amor, que es el pegamento de las almas, que nos ayuda a ver, que más allá de las barreras materiales que nos impiden compartir el mismo espacio, de las ideológicas que nos hacen ver el mundo de una manera distinta, somos Uno. Y mientras no sea un impedimento para ser felices, la soledad de sentirnos únicos ha de ser, más allá de un sentimiento negativo, un Don.